La extraña. Camina solo por donde paseó con ella, en el parquecito oscuro y romántico regado de hojas secas. Hace frío, y un viento leve le roza el rostro triste. Ahora qué hará sin ella. Sin sus manos pequeñitas, sin su sonrisa. Sin sus palabras de aliento que lo levantaban tras cada tropiezo. Qué hará sin su infinita paciencia, su bondad… Quiere llorar, la fruta del pecado se convierte en un melón. Toma aire, mira el firmamento, siente su soledad. A unos pasos, observa su antigua banca, su favorita. Allí se sentaban a hacerse cariño, a tocarse tímidamente en los primeros meses, y ya en los últimos a retozar sin mucha vergüenza. Mi banca favorita, dice. Se acerca a ella, la contempla con una lágrima que no ha podido retener. Luego viene otra, y otra.
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